Magistrado Miguel Leetch señala la falta de dignidad laboral en la policía

En medio del ruido político, las reformas judiciales y las eternas discusiones sobre jueces y fiscales, hay un personaje clave del sistema de justicia que casi siempre se queda fuera del reflector: el policía. Sí, el mismo que vemos diario en la calle, el que llega primero cuando algo pasa y el que muchas veces carga con toda la bronca.

En una reciente columna, el magistrado Miguel Leetch puso el dedo en una llaga que lleva años abierta: la dignidad laboral de las y los policías en México sigue siendo una deuda enorme del sistema de justicia.

El primer eslabón… y el más olvidado

Aunque no siempre se reconozca, el policía es el primer respondiente del sistema penal. Sin su chamba bien hecha, no hay investigación sólida, no hay detención legal y, mucho menos, sentencias que se sostengan en tribunales. En pocas palabras: si todo empieza mal en la calle, todo se cae después.

El problema es que al policía se le exige ser casi un súper héroe: respetar derechos humanos, actuar con legalidad, saber de técnica policial, aguantar presión y tomar decisiones en segundos. Pero del otro lado, muchas veces recibe sueldos bajos, turnos eternos, poca capacitación, nulo respaldo legal y riesgos constantes. Así, ¿quién no se quema?

Precariedad que sale carísima

Desde la experiencia judicial, Leetch señala algo clave: muchos errores que terminan tumbando casos en los juzgados no nacen en los tribunales, sino en la precariedad del trabajo policial. Detenciones mal hechas, pruebas mal integradas o violaciones a derechos humanos no ocurren por arte de magia; muchas veces son consecuencia de policías mal pagados, mal entrenados y abandonados por la institución.

Y ojo: esto no solo afecta a los policías, sino a toda la sociedad. Porque un sistema de justicia que falla desde el inicio pierde credibilidad y deja la sensación de impunidad flotando en el ambiente.

No son solo “fuerza”, también son garantes de derechos

Otro punto que vale la pena subrayar es que ya no estamos en tiempos donde el policía solo “aplica la fuerza”. Hoy, por Constitución, también debe proteger a víctimas, respetar la presunción de inocencia, cuidar la escena del crimen y actuar con proporcionalidad. Todo eso implica responsabilidad… y debería implicar también reconocimiento real, no solo discursos.

Dignificar no es justificar abusos

Hablar de dignidad laboral no significa tapar abusos ni quitar controles. Al contrario: un policía con condiciones dignas es más profesional, menos vulnerable a la corrupción y más confiable. La legalidad se fortalece desde el origen, no cuando el caso ya está en manos del juez.

Una deuda que sigue ahí

El mensaje es claro: no puede haber un sistema de justicia legítimo si se sostiene sobre la precariedad de quienes lo operan desde la calle. La justicia no empieza con la sentencia; empieza con el primer contacto entre el Estado y la ciudadanía. Y casi siempre, ese contacto trae uniforme y placa.

En Chismosito lo decimos sin rodeos: si de verdad queremos justicia, ya va siendo hora de voltear a ver a la policía. Porque mientras esta deuda siga pendiente, el sistema seguirá cojeando. Y eso, nos pega a todos.

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