Si algo ha caracterizado a Javier Albarrán en la política local, no son los resultados ni los proyectos sólidos, sino los problemas que se quedan después de su paso. Donde se para, hay ruido; donde intenta figurar, aparecen tensiones; y donde promete “sumar”, termina dividiendo.
Cambiar de partido no es pecado. Lo grave es hacerlo una y otra vez dejando broncas internas, pleitos personales y estructuras debilitadas. Y en eso, Albarrán ya tiene experiencia.
Llega, exige y se pelea
El guion es casi siempre el mismo. Albarrán aterriza en un partido con discurso de renovación, pide reflectores, exige posiciones y se presenta como víctima cuando las cosas no salen como él quiere. En lugar de ponerse a trabajar con la gente que ya está ahí, opta por el camino corto: confrontar, acusar y hacer ruido.
El problema es que ese ruido no construye nada. Solo genera bandos, desconfianza y desgaste interno. Los equipos se dividen y la agenda se congela.
Mucho brinco, poco resultado
El chapulineo político suele venir acompañado de una gran pregunta: ¿y los resultados? En el caso de Albarrán, esa respuesta sigue pendiente. Más allá de discursos y polémicas, su paso por distintos espacios ha dejado más conflictos que avances. Cada salida parece una huida con pleito incluido.
Y claro, el costo no lo paga él solo. Lo pagan los partidos que lo reciben creyendo que ganarán visibilidad y terminan heredando problemas.
Cuando el ego pesa más que el partido
Aquí el fondo del asunto es simple: cuando el interés personal va primero, la institución pasa a segundo plano. Albarrán ha demostrado que su prioridad no es fortalecer proyectos, sino mantenerse en el centro de la conversación, aunque eso implique romper con todo lo demás.
La militancia se cansa, los liderazgos se desgastan y la ciudadanía ve puro desorden.
Moraleja política
La política no necesita más chapulines ni más personajes que confundan gritar con liderar. Necesita gente que se quede, que trabaje y que construya. El caso de Javier Albarrán es un recordatorio de que el protagonismo sin compromiso solo deja partidos fracturados y pleitos innecesarios.
Y mientras siga brincando sin hacerse responsable de lo que deja atrás, el resultado será el mismo: mucho chisme, poco futuro político.